tambo


Al día siguiente del parto, me despegué del bebé, me levanté y fui al baño, medio tambaleante, boleada menos por la peridural que por la rareza del nuevo estado: apareció en el espejo una en camisón celeste, ojerosa, irreconocible. Era la madre de alguien.
Volví a la cama, me aferré otra vez a mi hijo incrédula. No podía dejar de mirarlo extrañada y lo abrazaba con los brazos tensos. Este pedacito de ser es mío, vino de mí y de juan, tiene cosas de mi familia y de la suya. Le veía menos cosas de mi familia pero tocaba sus cejas porque las reconocía. No se podía prender a la teta, había un problema anatómico; entonces, por no alimentarse (no lloraba y nadie se dio cuenta), se desbalanceó y lo internaron.
Estuvo varios días en la incubadora, podíamos verlo cada tres horas: hasta que se arreglara el problema anatómico, le dábamos mamadera, se dormía y lo acomodábamos otra vez en su cajita. Toda la extrañeza del nuevo estado quedó suspendida por mi ataque de llanto inicial y luego por la rutina astronauta de neonatología que dividía la vida en turnos de veinte minutos cada tres horas.
La sala tenía unas ventanas redondas tipo nave espacial y no entraba un solo rayito de luz natural. Yo decía "ayer" cuando le hablaba a la enfermera de algo sucedido en el turno anterior. Al tiempo (¿días, turnos?), empecé a hacer unas fichas en hojas A4 cortadas en tres; una ficha por cada día, con ocho hileras para los turnos, y varias columnas para controlar los avances de peso, nivel de bilirrubina, anotar comentarios de la enfermera, registrar el parte diario. Sentía que dependía de mí que nos lo volvieran a dar cuanto antes.
Yo me saltaba un par de turnos durante la noche para dormir ("si estás muy cansada la leche no te va a bajar más"); juan iba a uno y el otro lo alimentaba la enfermera. Después nos instalábamos en la puerta de neonatología hasta que fuera el momento de entrar.
En casa, yo maniobraba con el sacaleche, a ver si se solucionaba el problema y podía empezar a darle yo. Tomaba carradas de mate cocido; los consejos llovían profusos y yo agarraba todos y cada uno.
Había leído en uno de los tantos libros de maternidad que deglutí durante los nueve meses el caso de una madre que tuvo que volver al trabajo casi enseguida y que, cada vez que pensaba en su bebé, tenía que ponerse un trapo en el corpiño porque le brotaba la leche. Lo hice. Cerré la puerta, me puse cómoda en la cama, respiré, me relajé. Y hubo un instante en que apareció su carita, sus cejas, su llanto enojado, su cara colorada, y sentí una oleada, una tibieza, unas cosquillas, algo fuerte  y el émbolo del coso ese empezó a funcionar rápido y enseguida se cargó hasta la mitad.
Los últimos días (¿turnos?) juan ya hacía chistes y me decía, después de dejarlo en la cunita (porque lo habían pasado a la cunita, más cerca de la salida): "Bueno, nena, vamos que hay que activar el tambo".
De esa época me dura algo parecido a la empatía con las vacas que están metidas todo el día en esos cubículos de galpones oscuros, llenas de mangueras en las tetas, sin su ternero para que den más leche.

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